miércoles, 31 de enero de 2018


La fiesta

Fui a una fiesta.
Era el edén de las sustancias arcoíris
servidas en bandeja de plata.  
Las criaturas risueñas retozaban alrededor.

Una de ellas se me acercó y me ofreció a probar.

Me han prohibido hacer esfuerzos, encanto.
Para que no se me salten los puntos.
Aún están tiernos.
Pero, de todas formas,
no necesito eso.
Yo no lo necesito para llegar a donde tú quieres ir.

Porque todo es cuestión de imaginación.
De estar seguro de algo.

¿Quieres saber de que estoy seguro yo, cariño?

Estoy seguro de que, 
aunque sólo me dejasen la lengua y 
uno de mis dedos,
llegaría más lejos,
lo haría mejor,
que cualquiera de ellos
con todo su cuerpo.

Podría follarme la ciudad entera esta noche.

Ahora, deja de coquetear y
mírame a los ojos un momento.

Dime si crees que sólo estoy presumiendo.



Intensidad

Sólo quiero vivir con intensidad.

Con tal intensidad que, 
cuando ella venga a buscarme,
crea que debería dejarme un día más.

Puedo verla.
Sentirla cerca.
No es la vieja encorvada
que he visto pintada en los retablos medievales.
No.

Esa eterna adolescente aparecerá con su vestido nuevo.
Ambos nos miraremos.
Y yo le diré:
"Me encanta tu vestido, preciosa.
Vamos...
No tengas miedo.
Acércate y cúbreme con él.
Ponte encima".



El óvalo

Paso por delante de él 
al bajar mi calle.

Un gigantesco edificio de oficinas.
Su cara frontal es una enorme cristalera ovalada.
Se me antoja a un tobogán.

Allí,
a través del cristal,
las miro a ellas.
Las almas relucientes de trajes caros.
Con un escritorio transatlántico y los teléfonos echando humo.
Haciendo dinero.
Montañas de dinero.
Deslizándose.

Y me imagino la que lo hace
en plena noche. 
Cuando ellas están resguardadas en sus casas.

Su olor impregna la hierba que crece alrededor del edificio.
La muerte se desliza hacia abajo recogiendo el rastro que han dejado.

Por un momento, lo pienso.
Lo admito.
Me gustaría estar ahí con ellas.
Probar esa sensación.
Pero, en seguida, vuelvo a la superficie.
Y me doy perfecta cuenta entonces.

No, David.
Estarías tan insatisfecho como ahora.
Puede que, incluso, más.
Estoy seguro.
Para mí, la respuesta no está allí.
Al otro lado del cristal.

Sólo sonrío confiado y sigo caminando.
Dejo el gran óvalo atrás. 
Hasta nuestro próximo encuentro.



Declaración de guerra

Allí,
en la sala de sofás rojos y tiempo detenido,
me pareció verlo en sus ojos.
Que, por un momento, ella había abandonado las defensas.

Algo me llamó entonces.
Una señal al otro lado del muro.
Creo que fue esa mirada, 
ese destello,
la que lo desató.
Y yo me apresuré a tocarle los muslos.
Un simple gesto.
Se había declarado la guerra.

Y, ahora, voy con todo.
Voy a por ti sin reservar nada.
Una estrategia muy arriesgada.
Lo sé.

Pero, tú ya lo intuiste hace mucho y me avisaste.
Estás loco.
Eres un kamikaze.

Es verdad.

No habrá recapitulación.
Ni rendición de mi parte.
No lo dejaré jamás.



Revancha del chico acomplejado

¿A qué estás esperando?

Nadie va a venir a traértela.
Tienes que salir a buscarla.
Tomarla por ti mismo.
Ahora, ya sabes dónde encontrarla.

Escucha al que está dentro.
¿Qué te dice?
El momento ha llegado.
No lo retrases un solo minuto más.
Sal afuera.
Castiga los complejos.
Coge aire muy adentro.
Y entrégate a placer.

Olvida tus ilusiones de mocoso.
Escupe en la fosa de tus sueños inquietos.
Aparta tu vanidad.
¿Lo notas?
Se han ido.
Sí.
Van a volver...
Pero,
cuando lo hagan, míralos de cara.
Golpéalos.
Sacúdetelos del cuerpo.

Porque tú eres uno de los que puede.
Sólo hazlo.
Por todas y cada una de las veces que no te atreviste.
Tu revancha.

Y, a los pocos que sientes tuyos,
de los que obtienes tu fuerza e inspiración,
cógelos de la mano.
Llévalos allí arriba contigo. 
Hazles sentir como tú te sientes ahora mismo.
Y no les pidas nada a cambio.

Es la única forma sana de vivir.



De ti, depende

Te van a contar muchas historias ahí afuera.

Puedes escuchar a los desencantados.
A los corazones desinflados.
Los descreídos.
Los que ya se han agotado.
Los que ponen excusas.

O, por el contrario,
quedarte con los eufóricos.
Los temblorosos.
Los que sólo quieren sentirlo más y más.
Los que lo hacen.

El destino es el mismo para todos.
El viaje, no.

De ti, depende.
Tú eliges, chico.


martes, 30 de enero de 2018


Una carta para mi suegra

Estas pocas palabras son para ti.

Todavía, no nos conocemos.
Pero, tienes que ser extraordinaria 
por lo que me ha contado.

No hemos tenido oportunidad aún.
De que tú me lo cuentes.
Y quiero saberlo.

Cómo fue aquel día.
Si estaba nublado...
Si hacía mucho calor...
Si ascendía desde el asfalto y
se colaba por la ventana del hospital...
El silencio cuando todo se calmó.
Cuando pasó.
Justo antes de llorar de felicidad.
Sobre todo, qué sentiste cuando se iluminó todo el cuarto.
Cuando ella se llevó todo el dolor.
Cuando viste asomar su carita y pusiste sus manos junto a las tuyas.

Sea cuando sea, no importa.
Tendremos tiempo de que me lo cuentes todo.
Tendré paciencia hasta entonces.

De lo que estoy seguro es de que yo no sabré.
No podré hacerlo nunca.
Agradecértelo lo suficiente.

Por haber traído a mi niña a la Tierra aquel 22 de agosto.


sábado, 27 de enero de 2018


Lo que he aprendido esta noche

Que a ella no le incomoda que la toque.
Le encanta.

Que huele bien.
Sí.
Pero, sabe aún mejor.

Y que, todavía, me queda mucho.
Para llegar hasta donde yo quiero.
Hasta lo que guarda dentro.
Lo que contiene y protege la otra.
La escarmentada.

Mucho que aprender.
Mucho que recorrer.

Y no me desanima.
Todo lo contrario.
Estoy deseando volver a empezar.

La partida sigue.


jueves, 25 de enero de 2018


Puedo imaginármelo

Esa habitación de hotel.
Ella durmiendo en la cama.
Enseñando su espalda.
El maquillaje corrido de la noche anterior.
No le di opción a quitárselo. 

Yo apoyado contra la ventana.
Mirándola.
Sintiéndome vivo por primera vez.
Y la mañana fuera levantándose.
Trayéndome el olor de los croissant.
Asomándose a verla también.

Me dice...
Si te vieses la cara que llevas, chaval.
Y yo me río.
Respondo.
¡Qué envidiosa puedes llegar a ser, puta!



De bruces

Estaba allí.
Un día de tantos.
Tonteando con ella.

De repente, entraron.
Uno hizo una broma fácil al respecto.

Y ella lo dijo.
¡Qué tontería!
¡A David, no le gusto!
¿Cómo iba a gustarle?

Fue, entonces, cuando me di cuenta.
Me di de bruces.
Tuvo que ser ella la que lo dijese primero.

Es gracioso.
Creo que siempre me ha pasado igual con todo.
Yo no encuentro nada.
Me encuentra a mí.

No estés tan segura, preciosa.



Cuando ella llora

Parte de mi mundo se viene abajo.
Se resquebraja como el cristal.

Ocurre.
Sus labios tiemblan.
Sus ojos se mojan.
Se oscurece el cielo.
Siento nacer el terremoto.
Hace tambalearse hasta los cimientos.

Pienso en qué haría...
Hasta dónde llegaría...
Por alejarlo de ella.
Por llevármelo lejos.
Por que no volviese a sentirlo nunca más.

Lo intento con todas mis fuerzas.
Alcanzarla.
Que pueda verlo arder en mis ojos.
Que sepa que no está sola.
Que yo estoy allí con ella.
Y que no dejaré que nada malo le pase.

La miro.
Y ella me sostiene la mirada.
Es lo más doloroso.
Porque es verdad.
Aunque, jamás lo admitiré delante de ellos.

Hay cosas que no puedo hacer.



¿Cómo lo llamamos?

No es una cita.

¿Por qué?
Suena demasiado romántico, quizás.

Bueno es...
No sé.
Da igual.

Entonces, se ríe.

Eres encantadora.
Y ¿Sabes qué?
Cada uno puede llamarlo como quiera.
Porque, en el fondo, no tiene importancia.

Lo único que me importará es que tú estés allí.
Y creo que tú sientes lo mismo.

En esto, sí que nos podemos poner de acuerdo.


domingo, 21 de enero de 2018


¿Ves?

Se trata de esto.

No de descubrir el sentido de la existencia.
Ni de encontrar respuesta a esas malditas preguntas
(que nos atormentan).
Ni de hacer malabarismos con
las palabras,
la retórica y
el lenguaje.

Sólo hacerlo y ya está.
Es suficiente.
Sentirlo dentro.
Reaccionar a tiempo.
Dejarlo salir.
Dárselo a unos pocos.

Igual que tú acabas de hacer con ella, preciosa.
Para aflojarle el nudo del cuello y
que pueda respirar otra vez.

Al menos, intentarlo.



Se parecen a los de Bukowski

Y una mierda.
¡Que le den a Bukowski!

Desapareció hace décadas.

Ahora, me toca a mí.



Ahí, tienes tu respuesta

Yo no quiero que te esfuerces.

Ya lo sé.

Entonces, ¿Por qué lo haces?

Porque soy un cabezota.
Tienes razón.
No escucho.

Porque yo cambiaría todo lo especial 
que dices que tengo 
por gustarte 
un poco más.

Porque estoy seguro.
Lo veo tan claro como todos los que nos rodean.
Desde el extremo del bar, puedo escuchar tus aleteos.

No estoy de acuerdo.
Ni uno es de San Blas; ni otro es de Chamartín.
Sólo son perfectos.

Tendrás que repetírmelo otra vez.



¡Qué fácil es!

Reírse de un católico, me dice.

Igual que de un ateo.

Ambos sostienen algo sagrado.
Que está por encima de todo.
En ocasiones, se parece bastante.
Algo que no puedes poner en duda.
Que no puedes tocar.

No les vale con sentirlo ellos mismos.
Tienen que demostrárselo al resto.

Igual que con el amor,
el sexo,
el dinero,
el éxito,

Etcétera, etcétera, etcétera.



Los primeros rayos del sol

Me levanto con los primeros rayos del sol.

Me meto a la ducha y abro el grifo.
Hay pocas cosas que me gustan más.

Sentir como el cuerpo comienza a despertarse.
El sueño como saliendo de una aguja.
Vacía.
El agua resbalando por mí.
Los azulejos que me devuelven el reflejo.
Y las mariposas de la cortina revoloteando alrededor.


sábado, 20 de enero de 2018


12:00 a.m.

Atravesamos Alberto Aguilera y la glorieta de Bilbao.
Camino de la peluquería a recoger a las chicas.

Mi padre conduce.
Está disgustado.
Despotrica contra todo y contra todos.

La amargura huele.
Lo llena todo.

Yo no intervengo.
Sólo abro la ventanilla.
Observo lo que queda fuera.
Allí, en las aceras.
Estoy tranquilo.

Creo que lo he conseguido.
Pienso en lo que tengo ahora.
Lo que siento ahora que la he encontrado.
Mi manera de golpear.
De arrancarlo para siempre de dentro.
De no dejarle hacérmelo.

Me siento muy feliz por ello.
Suena música en el estéreo.
Algo de Bruckner.
Le dan entrada.
Y, entonces, vuelvo a mirarlo a él.

Ahora, sólo querría enseñarle a papá a hacerlo.



Rezo

Vuelvo a la capilla del colegio.
Tengo 8 años.
Allí, de rodillas.
Mirando la talla de la Virgen.

Los niños lo hacen sin problemas a mi derecha e izquierda.
Estoy perdidísimo.

Una monja se me acerca.
Una mujer muy cariñosa.
Me sonríe.
Me dice...
Vamos, ¡Habla con ella!
Puede oírte.

Junto las manos y empiezo.

"Virgen llorosa...
No sé qué decirte.
Lo siento.
Me siento extraño al hacerlo.
Porque no los creo.
Tú no estás ahí.
Bajo la madera.
Tus lágrimas no son de verdad.
Te las han pintado en la cara.
Las mías, sí lo son".



No dejes que te confundan

Sería genial.

Claro que sí.
Poder ganar dinero así.
Ganarse la vida con ello.

Pero, cuando pase...
No lo destruyas.
No lo perviertas.

No seas otro estómago agradecido.

Recuerda por qué empezaste.
Que no valen más ahora porque ellos así lo griten.
Tú ya eras increíble antes.
Sólo haciéndolo a la oscuridad y
esperando
que ella lo leyese.



Mi primera fotografía

La tomé con la cámara nueva que me regaló mi madre.
Eran las enormes cortinas de casa y
el visillo de un blanco transparente.

No sé por qué las elegí a ellas.
Pero, estuve horas 
retorciéndolas y
deformándolas.

Quería hacerlo como Lynch.
Igual que Bacon.
Y sus trozos de carne supurando.

Pero, bastó aquella primera fotografía para enseñármelo.
Que no valía para ello
y que ni siquiera me interesaba.



Algunos lo llaman...

Al filo de la navaja.
O caminar sobre la cola del tigre.

Yo tengo la mía propia.
Mis intenciones sobre la mesa.

Atravieso la gruta del rey de las montañas,
el bosque lloroso y
la tierra yerma.
Porque la siento dentro.
Yo nací para esto.
Ahora, nadie puede pararme.

Me acuerdo de Mr. Turner. 
Atado al mástil y directo a la tormenta.
Yo hago lo mismo.

Salgo a buscarla.



Allí

Fue allí donde lo aprendí.

En el restaurante de paredes rojas y cuadros de Rembrandt.
Con sus esmóquines.
Ocultos bajo los manteles de seda bordados.
Saliendo de la cocina.
Viéndolos engullir y
escuchándolos gruñir como cerdos. 

Sí.
A más sofisticado,
a más refinado;
más cruel. 


sábado, 13 de enero de 2018


Soy un gato

Caótica.
Mal urbanizada.
Sucia y ruidosa.
Colapsada.

Villa venida a menos.
Desaparecen las fuentes y los árboles.
¿Qué hicieron con ellos?
¿Dónde se las llevaron?

Capital de aceras levantadas,
cornisas abiertas y
una nube negra en el cielo.

Sus temperaturas extremas.
Alcanza los -2º en invierno y los +40º en verano.
Climatología adversa.
Un mes se inunda; otro se seca.

Ésta es mi ciudad.
Donde habitan mis recuerdos.
Mi ciudad blanca y gris.
De mañanas azules,
azoteas rojas y
encuentros fugaces.

Paseo por ella.
Me cruzo, de nuevo, con esos lugares.
El cuarto donde vi el cabaret.
El sótano de la calle Relatores.
Y esos mesones de la Cava Baja.
Allí, fue donde probé la sangría por primera vez.

Mi ciudad.
Fea y tosca.
Envejecida.
Una prostituta de otra época.
No hay un solo día, que no me meta con ella.
Que no hable mal de ella.

Pero, es la mía.
Y lo sabe perfectamente.
Sólo son palabras.
Sabe lo que, en el fondo, siento.
Que cuando lo haga,
cuando me vaya como amenacé tantas veces,
no podré olvidarla.

Ella sabe que la echaré tanto de menos,
pensaré tanto en ella, 
que necesitaré volver en seguida a su lado.


viernes, 12 de enero de 2018


Amanece

Un cielo azul claro.
El sol pega con fuerza en el espejo de mi armario.
Sus reflejos me despiertan.

Tras una semana de lluvia,
amanece.

Y, no sé porque,
me acuerdo de aquellos tres ladronzuelos de la cafetería parisina.
Bailando al ritmo de la jukebox. 
Ella marcando los pasos.
Y ellos imitándola.
Mientras, la miraban de arriba a abajo.

Me pone de muy buen humor.



Perverso

Como la institutriz que se creyó que los niños estaban poseídos.

Esas caníbales bajo el neón.

O lo que ocurrió en aquel pueblo mejicano.

Sí.
También, me lo pregunto alguna vez.

Y si soy yo...



Aliento

Sigues soñando, chico.
La ciudad de replicantes.
Con volver allí.
El mundo entero en tus manos.
Hacerlo a voluntad.
El auditorio rompiendo en aplausos.

No lo has entendido aún.

Tienes pensamientos extraños.
Como chuparlos y meterlos dentro del enchufe.
Lo que agoniza bajo las ruedas de los camiones.
La piel secándose al sol.
Ahí afuera, balanceándose en la cuerda de tender.

Venga...
¡Prepárate para lo que viene!
No tienes más que pensar en uno.
Uno de esos tan buenos.
Uno solo basta para hacerlo.

Ya la tienes aquí contigo.
Lo hará arder en tus ojos.
Sólo extiende tus dedos.
Alcánzala.
Puedes tocarla.
Sentirla.
Es ella.
La que hará saltar la chispa.
Te hará querer intentarlo otra vez.

Porque hay algo que tienes que saber.
Todavía, ni te has acercado.
Ni por asomo.

Porque no eres ni la mitad de bueno
de lo que te crees que eres ahora.
Ni puedes imaginarte ni la mitad de bueno
de lo que serás 
cuando te llegue el momento.


jueves, 11 de enero de 2018


Poema de una chica para su hermano
el día de su cumpleaños

No me preguntes qué pienso de tus poemas.

Puedes pasarte la vida reescribiéndolos.
Sé que lo harás incluso mejor.
Estoy segura de que mejor que cualquiera de ellos.

Y puedes pasarte toda tu vida intentando impresionarlos.
Soñando con su admiración y respeto.

Conmigo, no te hará falta.
Porque yo lo siento desde que era una niña.
Lo he estado desde entonces.

Porque, para mí, 
tú siempre estarás por encima de cualquier cosa que logres hacer.



Mi forma de atravesarlo

Si de algo estoy segura 
es de que a los chicos os gustan más grandes que las mías.

Pues, has prestado poca atención.
Hoy, fíjate mejor en como te miro desde abajo.
Y, luego, dime si notas en mis ojos que eche de menos algo.
Eso que dices que te falta de aquí y que te sobra de otro lado.

Porque no tengo más que hacerlo.
Mirar como subes y bajas las escaleras.
Quedar atrapado en como oscila y como tiembla.
Como se te marca todo el cuerpo bajo el uniforme.
Tus piernas, tu cintura, tus pechos...

Mi forma de atravesar este infierno.
De hacer pasar las horas.



Poesía maldita

Me reuní con el editor.
Hacía buen día.
Así que, nos sentamos en una terraza.

He leído lo que me mandaste.
Me encanta.
Ahora, estoy preparando un poemario con tres escritores noveles.
Y tú encajas.
Lo llamaré "Los últimos de la poesía maldita".
¿Qué te parece?

Suena cojonudo.
Pero...
¿Maldita de qué?

Empezamos a reírnos.
Él tan fuerte que casi nos piden que nos fuéramos. 

Sí.
Ya...
Maldita la gracia, supongo.



El triciclo

Caminaba sin rumbo una mañana cuando la vi.
Una paloma coja que saltaba en la acera.

Un niño en triciclo aceleraba hacia ella.
Quería aplastarla contra el pavimento.
Cualquiera lo advertiría por su sonrisa.
Estaba ansioso por llegar.
Darle alcance.

Y sentí, por un instante, 
la necesidad de interponerme.
Pero, no lo hice.

Era su día.
Su momento había llegado.
Tiempo de aprenderlo.

Que todo lo que haga trae consecuencias.
Todo su poder.
Que puede sentirse invencible un instante y,
al siguiente, hecho polvo.
Y que sus impulsos no siempre lo harán por él.
No siempre lo dejarán satisfecho.



Descendencia

Imagina que tuviésemos un niño.
Mamá le diría una cosa y papá justo lo contrario.
Sería un desastre, 
¿No crees?

No. 
Sería lo mejor.
Y espero que llegase a entenderlo muy pronto.
Que no esperábamos que lo hiciese.
Que no está obligado.
Que no tiene porque pensar y sentirse como nosotros.
Que es mejor que descubra su manera.

Porque si lo que queremos es un clon,
deberíamos esperarnos.
Ya lo están logrando.
La robótica está avanzando a paso de gigante.
Dentro de unos años, 
podríamos pedirlo de encargo a una fábrica de Tokio. 

Porque de eso se trata.
Criar y educar no es moldear a tu antojo.
Es dar sin pedir nada a cambio.
Es aceptar que él puede cambiarlo.
Todo por amor incondicional.

De otra forma, no serían más que otras manos 
para echar carbón a las calderas.
Para extraer minerales en el subterráneo.
Y mantener a flote esto que tú y yo odiamos tanto.

Vamos...
No tuerzas el gesto, cariño.
Éste no es más que otro en el que no nos vamos a poner de acuerdo.


miércoles, 10 de enero de 2018


Lady Sade

No me conoces.
Soy una golfa.

No te rías.
Es verdad.
Soy muy pero que muy puta.

Eso me lo tendrás que enseñar.

Me cogió la mano y me llevó a la habitación.

Y allí estaba.
El placer de rodillas y tendido boca abajo.
Abierto de piernas sobre la cama.
Ella metiéndome la lengua.
Deslizándola entera dentro del agujero.
Los golpes contra las paredes.
Y las hojas húmedas.

Su risa dulce a cada uno de mis temblores.
Ella haría temblar hasta el mármol del Vaticano.
Levantar a los Papas que allí están enterrados.
Que quieran asomarse y verla.
Hacerlos llorar.

No te detengas ahora, Lady Sade.
Por favor.
Házmelo lo más sucio que sepas.
Igual que la lluvia.
Llévate mis prejuicios y los límites que me impusieron.
Arrasa con todo.

Porque cuanto más sucio lo hagas,
más limpio me sentiré.



Mi entrenador

Tendría unos 10 años.
El equipo ya estaba completo.
Pero, quedaba una vacante en el de los mayores.
Así que, allí estaba yo.
Jugándomela con chicos que me sacaban de 2 a 3 cuerpos.

Un día, se me acerco mi entrenador.
Un tipo de voz ronca y barriga prominente.
Me dijo:
"David, los pequeñitos tenemos que ser más agresivos.
Entrar con el doble de ganas que ellos".

Y eso hice.
Jugaba sobre cemento.
De modo que, terminé la mayoría de los primeros partidos
con mis rodillas y mis corvas abiertas.
Todas raspadas y ensangrentadas.
Pero, me encantaba.

Un gran consejo que le sigo agradeciendo.
Tanto que, a día de hoy,
sigo haciéndolo.
Elijo sólo a los que son más grandes y 
les entro con todo. 

La única diferencia es que ahora sé algo más.
No siempre los más altos son los más grandes.
Esto no me lo enseñó él.

Lo aprendí yo solo unos años más tarde. 


domingo, 7 de enero de 2018


Dices...

Vuelves a decir que no eres tan inteligente como nosotros.
Que tú no tienes nada que ofrecer.
A nuestra diferencia.
Y estás tranquila por eso.
Pero, yo he empezado por ti y 
por ti, lo seguiré haciendo.

A ti, no te hace ni falta, preciosa.
Pero, que no te quepa duda de que,
si lo hicieses, 
se descubriría de inmediato.
Los nuestros son un fraude comparado contigo.

Dices que te encantaría ponerle música a uno de los míos.
Y, a mí, me gusta la idea.
Pero, me parece un desperdicio.
Lo que me encantaría es que me cantases sobre ella.
Tu vagabunda de estómago hambriento y lloroso.
Que me contases, otra vez, cómo se conocieron.
Lo que hizo por ella.
Y, también, cuando eras pequeña y te escapabas para ir con él.
Recuerda cuánto lo necesitabas.
No se lo decías a ella.

Dices que no quieres pensar en ellos.
Que no puedes.
Porque te destroza.
Que no eres lo suficiente fuerte.
Pero, eso es ridículo.
Ya sabes lo que pienso.
No creo que estén observando.
Pero, tú puedes aferrarte a ellos.
Mantenerlos cerca.
Porque no te hundirás allí.
Ellos lo despertarán.
Lo liberarán.
Sacarán lo mejor que hay dentro de ti.
Algo que no podías ni imaginar que tenías.
Ya lo verás.

Así que,
no las contengas más.
No lo bloquees por más tiempo.
No sigas haciéndote eso.
Por favor.
Háblame de ellos.
De lo que sentiste a su lado.
Lo que te enseñaron.
Los mejores momentos.
De cuánto los echas de menos.

Sabes que te miro y lo tengo delante.
El muro, estrechamente, vigilado.
Me pregunto cuándo lo construiste.
Si los centinelas nunca duermen.
Y creo que toda esa dulzura y encanto,
todo ese coqueteo,
es sólo parte de él.
Tu boca me dice que no puedes volver.
A dejarlas correr.
Te aterra pensar que pueda volver a pararse dentro del pecho.
La bomba cayendo encima de ti.
La lluvia negra como en aquella isla del pacífico.
Sentir que no puedes respirar.
Que, esta vez, sí que no podrías levantarte de nuevo.
Te conoces demasiado bien, dices.

Por eso, dices que es una mentira.
Que no es de verdad.
Un engaño que nos hacemos.
Que sólo trae sufrimiento.
Y que tú no lo quieres.
Me duele tanto oírlo.
Pero, me repongo en seguida.
Porque vuelvo a mirarte y la veo entonces.
Está detrás.
Dentro de la chica del corazón amurallado. 
Está mi chica de ojos alegres (radiantes). 
Fascinada por los pequeños detalles.
Llena de vida.
Mi chica valiente y fuerte.
Aunque, ella no lo sabe.
Indestructible.

Y... ¿Sabes qué?
No me importa.
El dolor y lo que me cueste.
Porque ya hice la mía.
Así que, me pasaré la próxima década escribiéndote. 
Haciéndote recordar.
No dejaré que se te olvide.
Te dije que no te dejaría caer.
Y sigo aquí, preciosa.
Lo conseguiré.

¿Que cómo estoy tan seguro?
Porque no tengo que forzarlas como hago con el resto.
Porque tú dices, dices y dices...
Y, a mí, las respuestas me vienen solas.


jueves, 4 de enero de 2018


Falsa modestia

¿Por qué escribes?

Porque no estoy satisfecho.
Sólo he rascado la superficie.
Me he llevado pequeños trocitos.
Quiero lo que hay dentro.
Sé que lo conseguiré.

Venga...
¿A quién quieres engañar?
Ya has escrito 350.
¿No te gusta nada?
Alguno tiene que estar bien.
Es cuestión de estadística.

Jajajaja.
Bueno.
Los mejores esperan todavía.
Lo quiero todo.

Y si querer no es suficiente...
¿Crees que el amor lo puede todo?

Claro que sí.
Al menos, para mí.
Porque no lo hago como el resto.
Yo amo con todo.

Y, ahora, no estoy asustado.



Ese murmullo

Esta noche, escucho un murmullo de corazones rotos.
Lo trae el viento a través del humo 
que sale de los extractores de las azoteas.

Se dispersa y asciende hacia el cielo.
Se aleja.
Retorna de nuevo.
Voltea su cabeza.
Me atrapa.
Me lleva allí otra vez.

Y hay algo en su voz.
En su forma de mirarme cuando estamos solos.

Por eso, sigues aquí.
Sabes que no has llegado al límite.
Que no lo has dado todo.
Se te queda corto.

Tú puedes hacerlo muchísimo mejor.


miércoles, 3 de enero de 2018


Hay un poco

Hay un poco de odio en el amor y
un poco de amor en el odio.

No se puede evitar.
Cedes el control.
Lo abandonas.
Dejas de ser tú.
Que sean tus emociones las que lo hagan.
Las que te lleven y te arrastren como una locomotora.
Y, durante un instante, te encanta.
Al siguiente, estás aterrado.

Empiezas a pensar.
A intentar ponerle freno o,
peor aún, 
a forzarlo.
Ahí, es cuando lo estropeas.
No dejas que sólo sea.
No confías en lo que sientes.
Crees que es tu única manera de sobrevivir.
Que no te destroce.

Sí.
Hay un poco de odio en el amor y
un poco de amor en el odio.
No nacemos para morir.
Lo hacemos para vivir.
Para sentirlos.
Más en concreto, para empacharnos de ambos.



Un deseo

Un momento de inspiración.
Me recuesto con un colega a puerta cerrada.

Me pasa algo.
Lo nota en mis ojos.
Y me dice...
Si sólo tuvieses uno, ¿Qué pedirías?

Si me lo preguntases cuando tenía 6 años,
te hubiese respondido tener superpoderes.
Poder volar o levantar un edificio con las manos.
Salvar a los niños de las llamas.
O puede que sólo saber atarme los cordones de las zapatillas.
Tardé demasiado en aprender a hacerlo.
O coger el lápiz como el resto. 
No llevar el cuadernito lleno de tachones y borrones.
Me daba vergüenza cuando me lo pedían.

Si me lo hubieses preguntado con 10, 
te hubiese dicho no tener que volver allí.
Quedarme en casa.
Acompañar a mi madre a hacer los recados.
Y que mi padre no tuviese que irse tampoco.
Que me llevase todos los días a jugar con él
como hacíamos los sábados.

Y a mis 16, no sentirme tan inseguro.
Encontrarme.
Saber que pasaría.
No obsesionarme con eso.
No anhelar su atención y su admiración.
Lo he arrastrado durante mucho tiempo.

Pero,
ahora, lo tengo claro.
Si sólo pudiese pedir uno esta noche,
a mis 29,
la pediría a ella.
Sólo a ella.
Porque consigue que me olvide de todo.
Y puedo empezar de nuevo.

Mi colega me sonríe.
Nos miramos como nunca antes lo hemos hecho.
Porque me conoce un poco y
sabe que hablo muy en serio.



Mi complemento perfecto

Resisto las embestidas cuando tú estás cerca.
Sé que me harías olvidar al resto.
Me llevarías lejos.
A ese otro lugar que soñé tantas veces.

Porque cuando me sonríes, me siento el único y en calma por fin.

Y tus dedos coinciden a la perfección con las marcas de mi piel.
Si no me crees, sólo ponlos encima.



Vamos...

Sólo tienes 29 años.
No lo sabes todo.
Ni siquiera te crees la mayoría.
No escribas tanto.
No lo fuerces.
Ve afuera y vive.
Ya encontrarás tiempo.
Tu manera.

Y mírala a ella.
Escúchala.
No seas tan orgulloso.


martes, 2 de enero de 2018


La chupitería 

Salgo con ellos.
Vamos a la chupitería de Alonso Martínez.

Nos encontramos las persianas bajadas.
La han cerrado.
¡Me cago en la puta!
Nos entra una horrible sensación.
Entre nostalgia y congoja.
Allí, tirados en la acera.

Al poco tiempo, se nos pasa.
Nos levantamos y nos vamos a tomar por culo.
Recordando y riéndonos de aquellos días.

Nos metemos en un bar.
Está muy vacío.
Nos sentamos a la barra y pedimos.
Entonces, empieza.
Se suceden las carcajadas y las fanfarronadas.
Incluso, se nos une el camarero.
Un tío simpático.

Hablamos de lo que más nos pone de ellas.
Ninguno dice la verdad.
Por supuesto.
Pero, todos lo pensamos.

¡Que no os cuenten historias, chicas!
Lo que más nos gusta es veros sonriendo.
Nada desarma como eso.
Lo que irrumpe en vuestros ojos cuando lo hacéis.

Claro que esto no lo escucharéis en una barra como ésta.
¿Qué podría esperarse de 5 borrachos embusteros?
La única verdad que podréis comprobar,
si os quedáis,
es que uno va a vomitar primero.



Camino del quirófano

No sé por qué.
Pero, pienso en el agua cayendo.
Inundando aquella casa de locos.
El tipo obeso cantando.
Y la planta de las ninfómanas.
Que eran capaces de comerse a cualquiera en 30 segundos.

El celador empuja mi silla y los pasillos se hacen más estrechos.
Entonces, me entra una risa tonta.
Imaginándome que van a aparecer las gemelas de vestidito azul.
A desearme suerte.

Él me pregunta: "¿Estás nervioso?"

Que va, colega.
No es mi primera vez.
Vamos para el quirófano.



El mío

No es un laúd pulido.
Es una caja de resonancia bruta.
Un tambor de hojalata.
Igual al que tocaba aquel niño raquítico 
que rajaba los espejos con sus chillidos.

Late y late con más fuerza.
Hasta que estalla en pedazos y se sale por mi boca.

Por eso, no hago aforismos.
No hablaré del amor como una ráfaga de viento.
Ni de la soledad como un columpio oxidado.

No.
A mí, me interesa lo que hace crujir el suelo de mi casa.
Y lo que cae de las paredes y el techo.
Aquello que consigue revolverme cuando cierro los ojos.



Pelirroja

Ésta no tiene pecas en la mejilla.
Pero, levanta un tornado cuando se hace sus trenzas.
No puedo ser el único en verlo.

Una boca pequeña e imperfecta.
Y su ombligo es el agujero donde sueño que me entierran.
Nací de uno.
Y quiero volver a dentro.
Es lógico.

Y lo que se encuentra más abajo...
No lo contaré.
Y no porque se trate 
de una conversación entre caballeros.
Sino porque no se entendería.
Hay que estar allí para saberlo.

Allí.
Bañada por la luz.
En su cuarto.
Acostada de lado.
Con la colcha tapando sólo medio cuerpo.
Los ojos cerrados y sonriendo.

Joder, si no es ni pelirroja...
¡Qué más me da! 
Si es la que yo quiero.



La fama

¿Qué te pasa?
¿Tú no quieres ir?

Claro.
Pero, sólo un rato.

¿Y eso?

Porque... ¿Ves a esa chica de ahí?
Quiero volver con ella pronto esta noche.

Necesito descubrir cada lunar de su cuerpo.



Una invitación

Lo invitaron a palacio.
Toda la aristocracia alrededor murmurando.
El rey coronado ocupaba su trono.
Con los estandartes detrás. 

Le anunciaron y le dieron la bienvenida.

Pero, se dejó el protocolo en los bolsillos.
Se quedó allí de pie.
Sin decir nada.
Con ojos altivos y gesto desafiante.

Deseando reunir el coraje para gritarlo.
Tú no eres mi rey.
Ni vosotros siquiera mis iguales.
No necesito vuestro permiso.
No os debo nada.
Las reverencias se las dejo a otros.

Como cabía esperar, lo expulsaron.
Y ya allí afuera, respiró de nuevo.



Pequeño halcón de alas rotas

¿Qué crees que estás haciendo?

Ya estás curado.
Y sigues aquí en la jaula.
Escondido.
Con la cabeza agachada y el orgullo herido.
Esperando una caricia.
¿En serio, necesitas que vuelvan a decírtelo?

¿Por qué te cuesta tanto creerlo?
¿Acaso te da miedo?
Si fue desde pequeño.
Siempre, lo intuiste.
Tú la tienes.

Sal ahí afuera y vuela.
Atraviesa el cielo y toca las nubes.
Piensa en todos los que son incluso mejores que tú pero no lo saben.
En los que nunca se atreverán siquiera a intentarlo.

Sólo hazlo.
Antes de que sea demasiado tarde.
Que se haga oscuridad y la luna roja se eleve.

Y eso, hace al fin.
El halcón despliega sus alas plateadas.
Y deja que el otro permanezca en el cuarto.
Sobre sus nudillos.
Vociferando no sé qué idioteces sobre la suerte y el destino.



La caracola

Estuve con una chica que era como un pez.
Aleteaba de abajo hacia arriba.
De arriba hacia abajo.

Salía a superficie y se sumergía de nuevo.
Y me pareció incluso
verle las branquias en el cuello.

Estaba húmeda pero la piel le ardía.
Los rayos del sol reflejaban en ella
los colores más vivos que he visto.

La furia del mar se desató de repente.
Fueron sus ojos los que lo hicieron.
El torbellino me arrastró.

Cuando todo se calmó,
me quedé quieto.
Mecido por la corriente.
Dentro de la caracola.
Creo que aún sigo allí.