Dices...
Vuelves a decir que no eres tan inteligente como nosotros.
Que tú no tienes nada que ofrecer.
A nuestra diferencia.
Y estás tranquila por eso.
Pero, yo he empezado por ti y
por ti, lo seguiré haciendo.
A ti, no te hace ni falta, preciosa.
Pero, que no te quepa duda de que,
si lo hicieses,
se descubriría de inmediato.
Los nuestros son un fraude comparado contigo.
Dices que te encantaría ponerle música a uno de los míos.
Y, a mí, me gusta la idea.
Pero, me parece un desperdicio.
Lo que me encantaría es que me cantases sobre ella.
Tu vagabunda de estómago hambriento y lloroso.
Que me contases, otra vez, cómo se conocieron.
Lo que hizo por ella.
Y, también, cuando eras pequeña y te escapabas para ir con él.
Recuerda cuánto lo necesitabas.
No se lo decías a ella.
Dices que no quieres pensar en ellos.
Que no puedes.
Porque te destroza.
Que no eres lo suficiente fuerte.
Pero, eso es ridículo.
Ya sabes lo que pienso.
No creo que estén observando.
Pero, tú puedes aferrarte a ellos.
Mantenerlos cerca.
Porque no te hundirás allí.
Ellos lo despertarán.
Lo liberarán.
Sacarán lo mejor que hay dentro de ti.
Algo que no podías ni imaginar que tenías.
Ya lo verás.
Así que,
no las contengas más.
No lo bloquees por más tiempo.
No sigas haciéndote eso.
Por favor.
Háblame de ellos.
De lo que sentiste a su lado.
Lo que te enseñaron.
Los mejores momentos.
De cuánto los echas de menos.
Sabes que te miro y lo tengo delante.
El muro, estrechamente, vigilado.
Me pregunto cuándo lo construiste.
Si los centinelas nunca duermen.
Y creo que toda esa dulzura y encanto,
todo ese coqueteo,
es sólo parte de él.
Tu boca me dice que no puedes volver.
A dejarlas correr.
Te aterra pensar que pueda volver a pararse dentro del pecho.
La bomba cayendo encima de ti.
La lluvia negra como en aquella isla del pacífico.
Sentir que no puedes respirar.
Que, esta vez, sí que no podrías levantarte de nuevo.
Te conoces demasiado bien, dices.
Por eso, dices que es una mentira.
Que no es de verdad.
Un engaño que nos hacemos.
Que sólo trae sufrimiento.
Y que tú no lo quieres.
Me duele tanto oírlo.
Pero, me repongo en seguida.
Porque vuelvo a mirarte y la veo entonces.
Está detrás.
Dentro de la chica del corazón amurallado.
Está mi chica de ojos alegres (radiantes).
Fascinada por los pequeños detalles.
Llena de vida.
Mi chica valiente y fuerte.
Aunque, ella no lo sabe.
Indestructible.
Y... ¿Sabes qué?
No me importa.
El dolor y lo que me cueste.
Porque ya hice la mía.
Así que, me pasaré la próxima década escribiéndote.
Haciéndote recordar.
No dejaré que se te olvide.
Te dije que no te dejaría caer.
Y sigo aquí, preciosa.
Lo conseguiré.
¿Que cómo estoy tan seguro?
Porque no tengo que forzarlas como hago con el resto.
Porque tú dices, dices y dices...
Y, a mí, las respuestas me vienen solas.