El óvalo
Paso por delante de él
al bajar mi calle.
Un gigantesco edificio de oficinas.
Su cara frontal es una enorme cristalera ovalada.
Se me antoja a un tobogán.
Allí,
a través del cristal,
a través del cristal,
las miro a ellas.
Las almas relucientes de trajes caros.
Con un escritorio transatlántico y los teléfonos echando humo.
Haciendo dinero.
Montañas de dinero.
Deslizándose.
Y me imagino la que lo hace
en plena noche.
Cuando ellas están resguardadas en sus casas.
Su olor impregna la hierba que crece alrededor del edificio.
La muerte se desliza hacia abajo recogiendo el rastro que han dejado.
Por un momento, lo pienso.
Lo admito.
Me gustaría estar ahí con ellas.
Probar esa sensación.
Pero, en seguida, vuelvo a la superficie.
Y me doy perfecta cuenta entonces.
No, David.
Estarías tan insatisfecho como ahora.
Puede que, incluso, más.
Estoy seguro.
Para mí, la respuesta no está allí.
Al otro lado del cristal.
Sólo sonrío confiado y sigo caminando.
Dejo el gran óvalo atrás.
Hasta nuestro próximo encuentro.
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