Lady Sade
No me conoces.
Soy una golfa.
No te rías.
Soy una golfa.
No te rías.
Es verdad.
Soy muy pero que muy puta.
Eso me lo tendrás que enseñar.
Me cogió la mano y me llevó a la habitación.
Y allí estaba.
El placer de rodillas y tendido boca abajo.
Abierto de piernas sobre la cama.
Ella metiéndome la lengua.
Ella metiéndome la lengua.
Deslizándola entera dentro del agujero.
Los golpes contra las paredes.
Y las hojas húmedas.
Y las hojas húmedas.
Su risa dulce a cada uno de mis temblores.
Ella haría temblar hasta el mármol del Vaticano.
Levantar a los Papas que allí están enterrados.
Que quieran asomarse y verla.
Hacerlos llorar.
Hacerlos llorar.
No te detengas ahora, Lady Sade.
Por favor.
Házmelo lo más sucio que sepas.
Igual que la lluvia.
Llévate mis prejuicios y los límites que me impusieron.
Arrasa con todo.
Porque cuanto más sucio lo hagas,
más limpio me sentiré.
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