12:00 a.m.
Atravesamos Alberto Aguilera y la glorieta de Bilbao.
Camino de la peluquería a recoger a las chicas.
Mi padre conduce.
Está disgustado.
Despotrica contra todo y contra todos.
La amargura huele.
Lo llena todo.
Yo no intervengo.
Sólo abro la ventanilla.
Observo lo que queda fuera.
Allí, en las aceras.
Estoy tranquilo.
Creo que lo he conseguido.
Pienso en lo que tengo ahora.
Lo que siento ahora que la he encontrado.
Mi manera de golpear.
De arrancarlo para siempre de dentro.
De no dejarle hacérmelo.
Me siento muy feliz por ello.
Suena música en el estéreo.
Algo de Bruckner.
Le dan entrada.
Y, entonces, vuelvo a mirarlo a él.
Ahora, sólo querría enseñarle a papá a hacerlo.
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