La semana pasada
El lunes, fui a buscarla a Torrespaña.
Comí con ella.
Me reí con ella.
Y, por la noche, me lo contó.
Que lo estaba intentando.
Pero, que no lo conseguía.
Que no sabía si volvería sentirlo.
Que lo echaba tanto de menos.
Yo le dije: "Sólo tienes 29 años. Claro que volverás a sentirlo".
Y la abracé. La tuve conmigo.
Fue fantástico.
El martes, soñé con las otras.
Las que mencionan las runas.
Ésas que cosen el manto del destino y la suerte.
Que nos envuelve a todos.
Yo me resistía.
No me dejaba.
Mientras enhebraban y me clavaban las agujas.
Me desperté bastante inquieto.
El miércoles, empecé a leerlo.
Y me di cuenta de que ya escribía sobre él incluso antes.
El que escuchó silbar las balas y los obuses en el campo.
De aquellos locos furibundos.
Ebrios de odio, coraje y estupidez.
Y lo último que dijo el coronel antes de estallar en mil pedazos.
Sí... muy bien ¿Pero, y el pan?
El jueves, quedé con ella.
En una sala de cine de Plaza de España.
Y lo había prometido.
Pero, volví a hacerlo.
A tender mi mano.
A sentirme como el cazador en el bosque.
Furtivo entre sus muslos.
Y cuando cerró los ojos y los apretó contra mí...
Fue lo mejor de la semana.
El viernes, lo tengo en blanco.
Ayer, volví a la taquilla.
A repetir las mismas.
A escucharlos.
¡Qué amable eres!
Y de madrugada,
echado,
me atormenté un poco hasta dormirme.
¿Por qué yo no puedo tenerlo?
¿Por qué esconderlo?
Si ella lo sintiese como yo; tomaría el riesgo.
No le costaría hacerlo.
Lo que no siente ahora... nunca lo hará.
Y aquí, estoy esta mañana.
Escribiendo.
Sin saber lo que me espera.
Con un mensaje de WhatsApp dando vueltas.
Esto acaba de empezar.
Mi vida es cojonuda.