La agonía se prolonga
Lo entiendes entonces.
Coges el autobús de la
línea 51 y te encaminas a los
Doré.
Hace tres años que no vas
por una de ellas.
Pero, la de esta tarde
merece la pena.
Una de tus favoritas.
Llegas a la taquilla y
compras la última entrada.
El aforo está completo.
La ponen en la sala 2.
Bajas las escaleras y
entras al sótano.
Te acomodas en la butaca.
Está a reventar.
Echas un vistazo y lo
ves.
La media de edad supera
los 45 años.
Escuchas un par de
estupideces de las butacas de al lado.
Se apaga la luz.
Se hace el silencio.
Empieza la película.
Allí está.
En la pantalla.
Los acantilados de
Irlanda.
La playa, la sombrilla y
la barca.
La bobina se para.
No funciona el aire
acondicionado.
Unos gritan y enseñan las
uñas.
Otros bostezan.
Continúa la proyección.
Muchos van saliendo.
Esperas.
Él está paralizado
bajo la mesa
con el sonido de los torpedos retumbando en sus oídos.
con el sonido de los torpedos retumbando en sus oídos.
Ella lo alcanza y lo saca
de allí.
Parece que sucede algo.
En seguida, se desvanece.
Yo también me levanto y
salgo.
De camino a casa, lo
pienso.
Dentro de 20 o 30 años,
cuando todos ellos se vayan,
no le importarán a nadie.
Están casi muertas.
Acabarán por desaparecer
por completo.
Enterradas bajo el polvo
en un almacén.
Pero, eso no es lo
terrible del asunto.
Lo peor es que hoy ni
siquiera tú lo sientes.
Y te entran ganas de
llorar.
Sólo quieres recuperarla.
Tenerla de vuelta.
Antes bastaba con verlas.
¿Por qué ahora no sirve?
¿Qué ha cambiado?
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