lunes, 13 de noviembre de 2017


La agonía se prolonga

Lo entiendes entonces.
Coges el autobús de la línea 51 y te encaminas a los Doré.
Hace tres años que no vas por una de ellas.
Pero, la de esta tarde merece la pena.
Una de tus favoritas.

Llegas a la taquilla y compras la última entrada.
El aforo está completo.
La ponen en la sala 2.
Bajas las escaleras y entras al sótano.
Te acomodas en la butaca.
Está a reventar.
Echas un vistazo y lo ves.
La media de edad supera los 45 años.
Escuchas un par de estupideces de las butacas de al lado.
Se apaga la luz.
Se hace el silencio.
Empieza la película.

Allí está.
En la pantalla.
Los acantilados de Irlanda.
La playa, la sombrilla y la barca.
La bobina se para.
No funciona el aire acondicionado.
Unos gritan y enseñan las uñas.
Otros bostezan.
Continúa la proyección.
Muchos van saliendo.

Esperas.
Él está paralizado bajo la mesa
con el sonido de los torpedos retumbando en sus oídos.
Ella lo alcanza y lo saca de allí.
Parece que sucede algo.
En seguida, se desvanece.
Yo también me levanto y salgo.

De camino a casa, lo pienso.
Dentro de 20 o 30 años, cuando todos ellos se vayan,
no le importarán a nadie.
Están casi muertas.
Acabarán por desaparecer por completo.
Enterradas bajo el polvo en un almacén.

Pero, eso no es lo terrible del asunto.
Lo peor es que hoy ni siquiera tú lo sientes.
Y te entran ganas de llorar.
Sólo quieres recuperarla.
Tenerla de vuelta.
Antes bastaba con verlas.
¿Por qué ahora no sirve?

¿Qué ha cambiado?


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