lunes, 13 de noviembre de 2017


Ave nocturna

Esta noche, no quiero escribir.
Mis manos pesan como el plomo.
Mi cabeza está exhausta.
Mi estómago magullado.
Mis pulmones congestionados.

Algo reclama descanso dentro
y yo le hago caso.
Allí, vive un sabio ermitaño.
Aquel loco alemán lo sabía.

Así que, me recuesto en la silla.
A oscuras.
El viento sopla.
La ventana se abre.
Se cuela una lechuza.
Un ave nocturna.
Entonces, ocurre.
Vienen a buscarme.
Y no es casualidad que sean precisamente ellas.

Él le envió el libro de madrugada.
Y ella se quedó despierta leyéndolo.
Aquella atrocidad acontecida en el desierto.
Los coyotes huelen la sangre y el miedo.
Quería que ella supiese cómo se sentía.
Lo que le había hecho.
Esa preciosidad de ojos azules y pelo rojo.

Una araña enorme sube por las paredes y el techo.
Puede asomarse y mirar dentro.
Un escalofrío le sube por la columna.
Retrocede muy despacio.
Y nota la llave en el bolsillo.

Esa adolescente de Tokio.
Aquellos gritos bajo el agua.
Una violación filmada.
Las voces en su cabeza.
Le ha ocurrido tantas veces que ya no sabe si sueña o está despierta.
Pienso en el vestido rojo,
el punzón gris,
y el paraguas blanco.
Como un cuadro de Rothko.

De repente, alguien enciende la luz.
Se escucha el grifo correr.
Los pasos salir.
Miro el reloj.
Las 03:00 de la mañana.
Hora de irse a dormir.


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