Ave nocturna
Esta noche, no quiero
escribir.
Mis manos pesan como el
plomo.
Mi cabeza está exhausta.
Mi estómago magullado.
Mis pulmones
congestionados.
Algo reclama descanso
dentro
y yo le hago caso.
Allí, vive un sabio
ermitaño.
Aquel loco alemán lo
sabía.
Así que, me recuesto en la
silla.
A oscuras.
El viento sopla.
La ventana se abre.
Se cuela una lechuza.
Un ave nocturna.
Entonces, ocurre.
Vienen a buscarme.
Y no es casualidad que
sean precisamente ellas.
Él le envió el libro de
madrugada.
Y ella se quedó despierta
leyéndolo.
Aquella atrocidad
acontecida en el desierto.
Los coyotes huelen la
sangre y el miedo.
Quería que ella supiese
cómo se sentía.
Lo que le había hecho.
Esa preciosidad de ojos
azules y pelo rojo.
Una araña enorme sube por
las paredes y el techo.
Puede asomarse y mirar dentro.
Un escalofrío le sube por
la columna.
Retrocede muy despacio.
Y nota la llave en el
bolsillo.
Esa adolescente de Tokio.
Aquellos gritos bajo el
agua.
Una violación filmada.
Las voces en su cabeza.
Le ha ocurrido tantas
veces que ya no sabe si sueña o está
despierta.
Pienso en el vestido
rojo,
el punzón gris,
y el paraguas blanco.
Como un cuadro de Rothko.
De repente, alguien
enciende la luz.
Se escucha el grifo
correr.
Los pasos salir.
Miro el reloj.
Las 03:00 de la mañana.
Hora de irse a dormir.
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