sábado, 11 de noviembre de 2017


Salidas

Cuando ellas se fueron,
no me quedó prácticamente nada.

Había terminado mi licenciatura y no tenía trabajo.
Los días se hacían interminables.
Aquella pesadumbre y sensación de inutilidad iba en aumento.
Nada me aliviaba.
Estaba irritado.
Lo pagaba con las pocas personas que me querían y me aguantaban.
Nada calmaba el dolor.
Ellas ya no estaban y no conocía otra forma de colocarme.

Así que, probé suerte con los libros.
Hablaban maravillas sobre ellos.
La mayoría de las veces no pasaba de las primeras páginas.
No estaba allí.
No lo sentía.
No había nada para mí.

Hubo algunos que me gustaron.
Me acuerdo del trono de sangre.
El paseo por Dublín.
La niña que volvió loco al profesor de literatura.
El sanatorio de tuberculosos de los Alpes.
La criatura acercándose sigilosa por la noche.
¿De qué le sirve a un emperador todo su poder si no puede evitar 
que se desvanezca como niebla lo único que siempre amó?

Sé que no volveré a leerlos.
Pero, de vez en cuando, me acerco a la biblioteca.
A darme una vuelta entre los estantes.
Me gusta mirar las carátulas y recordar cómo era.

Y, sólo a veces, me adentro un poco más.
Donde quedan los libros.
Siempre, me paro delante de los mismos.
Los únicos que me ayudaron de verdad.
Cuando se hacía insoportable aguantar.
Y siento una eterna deuda y agradecimiento hacia ellos.

Por ese vagabundo loco que se moría de hambre en Christiania.
Y por aquel viejo indecente de Los Ángeles.
Que escribía poemas de madrugada
bebiendo a morro de la botella
y escuchando música clásica.


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