Salidas
Cuando ellas se fueron,
no me quedó prácticamente
nada.
Había terminado mi
licenciatura y no tenía trabajo.
Los días se hacían
interminables.
Aquella pesadumbre y
sensación de inutilidad iba en
aumento.
Nada me aliviaba.
Estaba irritado.
Lo
pagaba con las pocas personas que me querían y me
aguantaban.
Nada calmaba el dolor.
Ellas ya no estaban y no
conocía otra forma de colocarme.
Así que, probé suerte con
los libros.
Hablaban maravillas sobre
ellos.
La mayoría de las veces
no pasaba de las primeras páginas.
No estaba allí.
No lo sentía.
No había nada para mí.
Hubo algunos que me
gustaron.
Me acuerdo del trono de
sangre.
El paseo por Dublín.
La niña que volvió loco
al profesor de literatura.
El sanatorio de
tuberculosos de los Alpes.
La criatura acercándose
sigilosa por la noche.
¿De qué le sirve a un
emperador todo su poder si no puede evitar
que se
desvanezca como niebla lo único que siempre amó?
Sé que no volveré a
leerlos.
Pero, de vez en cuando,
me acerco a la biblioteca.
A darme una vuelta entre
los estantes.
Me gusta mirar las
carátulas y recordar cómo era.
Y, sólo a veces, me adentro un poco más.
Donde quedan los libros.
Siempre, me paro delante
de los mismos.
Los únicos que me
ayudaron de verdad.
Cuando se hacía
insoportable aguantar.
Y siento una eterna deuda
y agradecimiento hacia ellos.
Por ese vagabundo loco que se moría de hambre en
Christiania.
Y por aquel viejo
indecente de Los Ángeles.
Que escribía poemas de
madrugada
bebiendo a morro de la
botella
y escuchando música clásica.
No hay comentarios:
Publicar un comentario