¿Quieres que te lo
cuente?
Ocurrió anoche.
Estaban en un claro del
bosque.
El macho cabrío pasando
por en medio.
Con las astas puntiagudas
y relucientes.
Lamiendo los estómagos de
las más jóvenes.
Se les inflaban como
globos de cumpleaños.
No tenían pelo en la
vagina.
Los rostros se les
deformaban.
Sus cuerpos se retorcían mientras
flotaban en el aire.
De repente, se hizo
muy temprano.
Ella estaba tirada en el suelo
del baño.
Con un bote de plástico vacío en la mano.
Y el chico,
completamente, acojonado.
Sin saber qué hacer.
Corriendo escaleras arriba y abajo.
La desnudó,
la metió en la bañera
y le empapó el pelo.
Luego, le metió los dedos
en la boca.
De rodillas, inclinada
sobre el inodoro.
Empezaron las
contracciones y los espasmos.
Nosotros asomados por el
hueco de la puerta.
Seguido, acudió el
llanto.
Con la alianza en el
anular y el rímel corrido en los
ojos.
Otra noche sobrevivida.
La del marido no fue
mejor tampoco.
De allí a San
Francisco.
Un paseo en coche.
La luz de aquella
pensión.
La lápida.
El collar del cuadro.
La tienda de flores.
Y ella bajando y
arrojándose a la bahía.
Un sueño.
Una pesadilla.
Saber que nunca podrás
alcanzarla.
Que nunca será tuya.
Bueno...
Hasta aquí, lo que puedo
contarte.
Creo que ya te lo he
dicho antes.
Normalmente, no suelo
acordarme.
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