sábado, 18 de noviembre de 2017


Encuentro en la playa

Recostado en una mecedora en la terraza.
Con el estómago lleno y los ojos somnolientos.
Me distraigo con las parabólicas oxidadas,
las fachadas agujereadas
y las cornisas vencidas
de los edificios de ahí en frente.
Las aves se ven agitadas y nerviosas en el cielo brumoso.
Se avecina tormenta.

Me levanto y me pongo el bañador.
Llego allí abajo y me descalzo.
Siento la arena húmeda bajo los pies.
Es fantástico.
Empiezo a andar por la playa.
Nadie alrededor.
Tan sólo un par de obstinados pescadores.
Todos se han refugiado en casa.
Estoy solo.

Me acerco a la orilla.
Allí, no hace sino mejorar la sensación.
Piso fuerte para dejar mis huellas marcadas.
Mi pie se hunde entre las conchas afiladas
y las algas arremolinadas.

Las gaviotas se congregan a poca distancia.
Ninguna pesca.
Parecen estar esperando a que ocurra.
Se escucha la voz de una anciana.
Procede del mar.
Tararea la nana de los ahogados.
De todos los que se ha tragado.
No existe melodía más siniestra.

Y, de repente, sucede.
La veo allí.
Una criatura de piel escamosa,
cola musculada
y ojos vidriosos.

Nos miramos.
Como tratando de convencernos el uno al otro.
Yo de que ella deje el mar y ella de que yo deje la tierra.
Pero, ninguno cede.

Una gaviota grazna muy cerca 
y yo me giro un segundo.
Cuando vuelvo la vista al mar,
mi sirena ha desaparecido.
Y yo me quedo petrificado en la arena.

Me siento y dejo que la espuma me limpie los restos de alquitrán.
Allí, espero a que llueva.


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