Encuentro en la playa
Recostado en una mecedora
en la terraza.
Con el estómago lleno y
los ojos somnolientos.
Me distraigo con las
parabólicas oxidadas,
las fachadas agujereadas
y las cornisas vencidas
de los edificios de ahí
en frente.
Las aves se ven agitadas
y nerviosas en el cielo brumoso.
Se avecina tormenta.
Me levanto y me pongo el
bañador.
Llego allí abajo y me
descalzo.
Siento la arena húmeda
bajo los pies.
Es fantástico.
Empiezo a andar por la
playa.
Nadie alrededor.
Tan sólo un par de
obstinados pescadores.
Todos se han refugiado en
casa.
Estoy solo.
Me acerco a la orilla.
Allí, no hace sino
mejorar la sensación.
Piso fuerte para dejar
mis huellas marcadas.
Mi pie se hunde entre las
conchas afiladas
y las algas arremolinadas.
y las algas arremolinadas.
Las gaviotas se congregan
a poca distancia.
Ninguna pesca.
Parecen estar esperando a
que ocurra.
Se escucha la voz de una
anciana.
Procede del mar.
Tararea la nana de los
ahogados.
De todos los que se ha
tragado.
No existe melodía más
siniestra.
Y, de repente, sucede.
La veo allí.
Una criatura de piel escamosa,
cola musculada
y ojos vidriosos.
Nos miramos.
Como tratando de
convencernos el uno al otro.
Yo de que ella deje el
mar y ella de que yo deje la tierra.
Pero, ninguno cede.
Una gaviota grazna muy
cerca
y yo me giro un segundo.
Cuando vuelvo la vista al
mar,
mi sirena ha
desaparecido.
Y yo me quedo petrificado
en la arena.
Me siento y dejo que la espuma me limpie los restos
de alquitrán.
Allí, espero a que
llueva.
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