¡Mira, mamá!
Lo he conseguido.
Me reuní con el señor
trajeado.
Me subieron a la última
planta.
La cristalera.
Supongo que para que los
viese caminar abajo.
Todo fueron buenas
palabras y halagos.
Me lo dijo al poco tiempo
de estar allí sentados.
Me alcanzó el contrato.
¿Qué te parecen dos
millones?
Bien.
O, quizás, tres.
He visto lo que haces y
tú vales esos tres.
Bien.
Nos dimos la mano y
salimos.
Mamá, lo dejé
desconcertado.
Si hubieses visto cómo me
miraba.
Igual que a un cometa.
No lo entendía.
Que yo lo habría hecho de
todas formas.
Que era suficiente.
Que no me importaba.
Pero, ya los tengo.
Estos tres son para ti.
Puedes guardármelos
o saldar las deudas.
Yo no los quiero.
Si llevo dos días sin
comer,
puedo aguantar un
tercero.
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