Cuento de invierno
Se levantó temprano.
El cuarto olía a
queroseno de la noche anterior.
La lámpara estaba todavía
caliente.
Anduvo por la casa.
Los llamó a todos.
Entró en sus
habitaciones.
Se tumbó en sus camas.
No los encontró.
Se volvió a meter bajo la
mesa.
Su escondite favorito.
Allí, la vio.
La luz de la ventana la
despertó.
La muchacha de mármol le
hizo una reverencia.
Y fue la criada la que lo
sacó echando el carbón.
Pequeño Hamlet.
No te has lavado la cara.
Tienes legañas en los
ojos.
¿Qué te pasa?
¿Has vuelto a ver el
fantasma de tu padre?
¿Sigue rondando por el
teatro?
Sé lo de las pesadillas.
Aún sueñas con aquellos
muros blancos.
La prisión.
El río congelado.
Y con las palizas del
confesor.
Cómo te arrancaba así tus
mentiras.
Cálmate.
Ahora, estás muy lejos.
Recuerda lo que te leyó
tu abuela.
Piensa que nada podría
haber sido real.
Que todo ocurriese en la
cabeza de Hoffmann.
Una invención.
Incluso el baúl.
El cuarto de los títeres.
La leche y las galletas.
Y el ser que vive bajo la
escalera.
ISMAEL.
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