lunes, 20 de noviembre de 2017


Miércoles

Me encuentro con mi colega a las 19:00 de la tarde.
Frente a la osa y el madroño.

Vamos hacia su casa,
paseamos a la perra
y nos sentamos a beber.

Conozco un sitio cojonudo al que podemos ir.

Empezamos por algunas series
que televisaban en nuestra infancia.
¡Qué cursis y lacrimógenas eran!

¿No te entran ganas de ser cruel?
Pipi, tu padre no se ha ido a cruzar los mares del sur
en busca de tesoros y aventuras.
Te ha abandonado.
Y tú vives sola en esta casa.
Ya ni siquiera vienen a visitarte.
No me extraña.
Los ponías a buscar gamusinos en el jardín.
Supongo que a sus padres
no les debió hacer gracia
que los mordiese el mono.

Pipi, haz el favor de sacar al caballo fuera,
date un baño
y bájate un rato al pueblo.
A que te dé el aire.

Y esa otra que estaba paralítica.
¡Yo también quiero subir a la montaña!
Clara, no jodas.
Lo que te pasa es que te aburre la aritmética
y te has encoñado con la niña de las cabras.

Nos reímos tanto que no podemos casi respirar.
Hasta llorar.
Luego, nos quedamos en silencio.
Nos ponemos algo serios.
Dura poco tiempo.
Pedimos otra ronda más.
En seguida, empezamos de nuevo.

Hablamos de ellas.
Esas jodidas esquizofrénicas que nos amargan la existencia.
La que lio Lutero y su miedo a las tormentas.
La prepotencia del señor Dumas.
¿Dónde ha quedado la selección natural?, me pregunta.
Nuestros años en la universidad.
La gonorrea.
Cuál de Gilliam nos gustó más.

Y seguimos con ello.
Hora tras hora.
Hablamos y hablamos.
Reímos y bebemos.

Y nuestra tarde/noche del miércoles se nos pasa volando.


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