Miércoles
Me encuentro con mi
colega a las 19:00 de la tarde.
Frente a la osa y el
madroño.
Vamos hacia su casa,
paseamos a la perra
y nos sentamos a beber.
Conozco un sitio cojonudo
al que podemos ir.
Empezamos por algunas series
que televisaban en
nuestra infancia.
¡Qué cursis y
lacrimógenas eran!
¿No te entran ganas de
ser cruel?
Pipi, tu padre no se ha
ido a cruzar los mares del sur
en busca de tesoros y
aventuras.
Te ha abandonado.
Y tú vives sola en esta
casa.
Ya ni siquiera vienen a
visitarte.
No me extraña.
Los ponías a buscar
gamusinos en el jardín.
Supongo que a sus padres
no les debió hacer gracia
que los mordiese el mono.
Pipi, haz el favor de
sacar al caballo fuera,
date un baño
y bájate un rato al
pueblo.
A que te dé el aire.
Y esa otra que estaba
paralítica.
¡Yo también quiero subir a la
montaña!
Clara, no jodas.
Lo que te pasa es que te
aburre la aritmética
y te has encoñado con la
niña de las cabras.
Nos reímos tanto que no
podemos casi respirar.
Hasta llorar.
Luego, nos quedamos en
silencio.
Nos ponemos algo serios.
Dura poco tiempo.
Pedimos otra ronda más.
En seguida, empezamos de
nuevo.
Hablamos de ellas.
Esas jodidas
esquizofrénicas que nos amargan la
existencia.
La que lio Lutero y su
miedo a las tormentas.
La prepotencia del señor
Dumas.
¿Dónde ha quedado la
selección natural?, me pregunta.
Nuestros años en la
universidad.
La gonorrea.
Cuál de Gilliam nos
gustó más.
Y seguimos con ello.
Hora tras hora.
Hablamos y hablamos.
Reímos y bebemos.
Y nuestra tarde/noche del
miércoles se nos pasa volando.
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