Ése es tu problema
Es una llama pálida que
combustiona los cuerpos.
Los hace arder por
dentro.
No podemos evitarlo.
Todos queremos tocarla.
Es verdad.
Es un juego macabro.
Te lo hacen a ti y tú se
lo haces a otros.
¿Crees, en serio, que es
algo de lo que presumir?
No lo es.
Pero, de lo que lamentarse
tampoco.
Tu problema es que no
sabes cuándo parar.
Podrías no haberte
acercado aquel día en la escalera tras la
primera.
Podrías haberlo dejado
estar si lo que sentías era
indiferencia.
Vale.
Cada uno imagina lo que
quiere.
Estoy de acuerdo.
Y no creo en tus malas
intenciones.
Todos nos equivocamos.
Ahora, toca olvidarse y
empezar de cero.
Tu problema es que no
sabes hacerlo.
Me has señalado a mí y
también se lo has
recriminado a ella.
Buena en ver la paja en
el ojo ajeno.
Deberías mirarte a ti
misma.
Me dijiste,
la otra noche,
que no lo estabas.
Que no era por él
sino por esos momentos compartidos.
Lo que te hicieron
sentir.
Bien...
Te responderé a riesgo de enfurecerte.
De romperlo todo, como consigo siempre.
Es un eufemismo.
Uno de tus subterfugios.
Estás fingiendo otra vez.
¿Sabes de lo que estoy
seguro?
Si tuvieses la más mínima
esperanza
de que no te escribe
porque se aburre y le
apetece follar,
dejándote destrozada durante
días,
correrías, de nuevo,
junto a él.
Igual que hiciste tantas
veces.
Ése es tu problema.
No sabes jugar.
No sabes cortar a
tiempo.
De raíz.
Olvidar a los que te han
hecho sufrir y
dejar que se aparten los
que lo hacen por ti.
No.
Prefieres vivir de momentos
agridulces.
Quedarte ahí
compadeciéndote y justificándote.
En vez de mandarlo todo a
la mierda y
comenzar de nuevo.
Y no se trata de no ser
una hija de puta, como tú dices.
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