Cambio de barril
Trabajé poco más de un
mes allí.
Saqué 400 euros,
dos hernias inguinales y
alguna que otra lección.
dos hernias inguinales y
alguna que otra lección.
Conmigo, entraron 3 o 4
más.
Los fui viendo salir a la
calle.
Según salían, entraban
otros.
Diferentes pero iguales.
Mirando hacia abajo.
De risa nerviosa.
A punto de romperse.
Conocí un par que
llevaban años haciéndolo.
Creían que no valían para
otra cosa.
Sin nada más que perder.
¡Ánimo!, me decían.
Tú puedes quedarte.
Me acuerdo de sus gritos
y el látigo.
Cambia el papel de los
baños.
Se ha atascado uno de los
lavabos.
Date prisa.
Barre el suelo y friega
las escaleras.
¿Dónde están los vasos y
los platos?
Eres muy lento.
En cocina, necesitan pan
de centeno.
Se ha acabado el hielo.
Toca cambio de barril.
¿Qué haces que no estás
recogiendo la sala?
No pienso repetírtelo.
No sirves.
Voy a tener que hablar
con la encargada de esto.
Y los demócratas de toda
la vida,
los portavoces de las minorías,
las
feministas,
los ecologistas y
los defensores de los
animales
también estaban allí.
Pero, no hacían nada.
Ni se inmutaban.
Se quedaban sentados
bebiendo su cerveza de 1 €
y riéndose entre ellos.
Más de una vez, estuve a punto
de derrumbarme.
Pero, por aquel entonces, estaba leyendo un libro.
Me ayudó mucho.
Me dio un par de buenos
consejos.
Nunca supliques.
No agaches la cabeza.
Sólo míralos y sonríe.
Muéstrales tu
indiferencia.
No eres uno de ellos.
Haz que lo sepan.
Combátelos así.
Y eso hice.
Al poco tiempo, me
despidieron.
Justo cuando empezaba a
gustarme.
Finiquito, firma y
entrega de uniforme.
Y a otra cosa, mariposa.
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