lunes, 13 de noviembre de 2017


Cambio de barril

Trabajé poco más de un mes allí.
Saqué 400 euros,
dos hernias inguinales y
alguna que otra lección.

Conmigo, entraron 3 o 4 más.
Los fui viendo salir a la calle.
Según salían, entraban otros.
Diferentes pero iguales.
Mirando hacia abajo.
De risa nerviosa.
A punto de romperse.

Conocí un par que llevaban años haciéndolo.
Creían que no valían para otra cosa.
Sin nada más que perder.
¡Ánimo!, me decían.
Tú puedes quedarte.

Me acuerdo de sus gritos y el látigo.
Cambia el papel de los baños.
Se ha atascado uno de los lavabos.
Date prisa.
Barre el suelo y friega las escaleras.
¿Dónde están los vasos y los platos?
Eres muy lento.
En cocina, necesitan pan de centeno.
Se ha acabado el hielo.
Toca cambio de barril.
¿Qué haces que no estás recogiendo la sala?
No pienso repetírtelo.
No sirves.
Voy a tener que hablar con la encargada de esto.

Y los demócratas de toda la vida, 
los portavoces de las minorías, 
las feministas, 
los ecologistas y
los defensores de los animales 
también estaban allí.
Pero, no hacían nada.
Ni se inmutaban.
Se quedaban sentados bebiendo su cerveza de 1 €
y riéndose entre ellos.

Más de una vez, estuve a punto de derrumbarme.
Pero, por aquel entonces, estaba leyendo un libro.
Me ayudó mucho.
Me dio un par de buenos consejos.

Nunca supliques.
No agaches la cabeza.
Sólo míralos y sonríe.
Muéstrales tu indiferencia.
No eres uno de ellos.
Haz que lo sepan.
Combátelos así.
Y eso hice.

Al poco tiempo, me despidieron.
Justo cuando empezaba a gustarme.
Finiquito, firma y entrega de uniforme.
Y a otra cosa, mariposa.


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