A la deriva
En la noche dormida,
gigantes se asoman por la
ventana.
Mi almohada está hecha de
sueños de cemento.
Un fuerte viento me
destapa.
Me quedo desnudo a la luz
de la lámpara.
Hay una bailarina tras la
cortina.
Y el techo
descascarillado de allá arriba
se me antoja la bóveda celeste.
se me antoja la bóveda celeste.
Me siento como Fausto
esperando respuestas que no llegarán.
Está decidido.
Mañana, iré por el
sendero de troncos torcidos.
Saltando entre las
grietas.
Un peregrino hacia la Catedral de Mármol.
Dejando atrás los rostros
exhaustos y malhumorados.
Ese viejo de la
pastelería comprando las milhojas.
La hierba recién cortada
mecida.
Las endrinas machacadas
en el suelo.
Ahora, pienso en mi
barrica de roble áspero.
En el sabor de mi destilado.
Tu piel suave y blanda.
Me humedece por dentro.
Aún, no sé decir el color
de tus ojos.
Nunca me cansaré de mirarlos.
Nuestros cuerpos
entrelazados hasta que el sol asciende.
Así,
aspiro la noche
dormida y estrellada.
La paso viajando.
Igual que la iguana le tentaba
al pasajero.
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