viernes, 24 de noviembre de 2017


A la deriva

En la noche dormida,
gigantes se asoman por la ventana.

Mi almohada está hecha de sueños de cemento.
Un fuerte viento me destapa.
Me quedo desnudo a la luz de la lámpara.
Hay una bailarina tras la cortina.
Y el techo descascarillado de allá arriba
se me antoja la bóveda celeste.

Me siento como Fausto esperando respuestas que no llegarán.

Está decidido.
Mañana, iré por el sendero de troncos torcidos.
Saltando entre las grietas.
Un peregrino hacia la Catedral de Mármol.
Dejando atrás los rostros exhaustos y malhumorados.
Ese viejo de la pastelería comprando las milhojas.
La hierba recién cortada mecida.
Las endrinas machacadas en el suelo.

Ahora, pienso en mi barrica de roble áspero.
En el sabor de mi destilado.
Tu piel suave y blanda.
Me humedece por dentro.
Aún, no sé decir el color de tus ojos.
Nunca me cansaré de mirarlos.
Nuestros cuerpos entrelazados hasta que el sol asciende.

Así, 
aspiro la noche dormida y estrellada.
La paso viajando.
Igual que la iguana le tentaba al pasajero.


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