La herida
Tengo el estómago hinchado.
La piel amarillenta y amoratada.
La piel amarillenta y amoratada.
Todavía, está abierta.
Me tiran los puntos.
Lucha por cerrarse.
Puede ser que tenga fiebre.
Algo gatea por mi cabeza.
Me gotea en el iris.
Lucha por cerrarse.
Puede ser que tenga fiebre.
Algo gatea por mi cabeza.
Me gotea en el iris.
Pero, no cesan.
Siguen llegando.
Siguen llegando.
No bajan de allí arriba.
Creo que vienen de este hueco remendado.
En mi ingle.
En mi ingle.
Así que
meto mis dedos y las saco de ahí.
Las arranco de mí.
meto mis dedos y las saco de ahí.
Las arranco de mí.
Me abandono un momento.
Pierdo el control.
Y estoy seguro de una cosa.
No significan nada solas.
Y estoy seguro de una cosa.
No significan nada solas.
Cada una existe por la siguiente.
Un continuo renacimiento.
Toda su voluntad.
Toda su voluntad.
Entonces, ella se acerca a limpiarme la herida.
La seca con muchísimo cuidado.
Me pregunta: ¿Te duele, cielo?
No.
Esto no duele, mamá.
Esto no duele, mamá.
Y nos sonreímos
por todo lo que ambos sabemos y
no le cuento.
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