viernes, 17 de noviembre de 2017


Vuelta al cole

Voy a la Estación Sur.
A coger un autobús que me lleve a la playa.

Entonces, los veo pasar a mi lado.
Con sus mochilas nuevas,
las mejillas sonrosadas
y los bocadillos para el recreo.

Están relucientes y resplandecientes.
Despreocupados.
Los más pequeños cogidos de la mano.
No saben lo que les espera.
Todavía, no son conscientes de lo que se están jugando.
Porque allí,
donde ellos van,
es donde todo empieza.

Van camino del matadero.
Igual que las terneras.
Así, huele allí dentro.
A vaca degollada.
A carne prensada.
A fregasuelos.
A acondicionamiento y estándares de calidad.
Ya han encendido las estufas
y han cargado el aire comprimido.
Los van a hacer polvo y luego los clasificarán.
Después, para afuera y
que se coman lo que quede de ellos.

Y mientras yo...
Sólo espero que alguno lo consiga.
Que sea capaz de verlo a tiempo.
Mirarlos de frente y dejárselo bien claro.

Que pasará de largo.
Que no se quedará con ellos.
A él, no pueden hacérselo.
No pueden convencerlo.
Porque no es su lugar.
Donde él pertenece.
Y nunca lo será.

Todo lo que sale de sus bocas no significa nada para él. 


No hay comentarios:

Publicar un comentario