Carta al señor
diputado del Congreso
Señor diputado.
Usted no me conoce.
Pero, hoy lo he visto por
la televisión.
Procuro no verla
demasiado.
Le he escuchado.
Ha acabado por aburrirme
como siempre.
La guerra del patio.
Las peleas de gallos.
Lo ha vuelto a hacer
arropado por su bancada.
Ahí, estaba usted con su
contrastada hoja de datos.
Hablando sin decir nada
durante horas.
Su boca se movía pero no
salían palabras.
Paraba para beber y
escuchar los aplausos.
¿De verdad, piensa lo que
dice?
¿Lo siente?
¿Le importa?
¿Se lo cree?
¿Por qué no deja de leer?
¿Por qué no lo intenta,
aunque sea una sola vez?
¿Acaso no puede?
¿Es que no sabe?
Sea generoso.
En eso consiste.
No en sacarse fotografías
con los colectivos y marginados.
Señor diputado.
Le confiaré algo.
Yo también he tenido un
sueño.
Su palacio era derruido
y volvía afuera conmigo.
Lo primero es buscar
comida y un refugio.
Ahí, tiene su contenedor
de basura.
El dinero ya no sirve.
No podrá pagar a otro
para ensuciarse.
Tendrá que remangarse y
utilizar las manos.
¿Se acuerda de cómo se
hace?
Parece que su delicada
fragancia ha empezado a abandonarle.
Descuide, no será lo
último en irse.
Señor diputado.
Déjelo ya.
¿No se da cuenta?
¿No lo ha pensado alguna
vez?
¿Qué ahí puede estar el
problema?
¿Cree que, si la gente
fuese dueña de sí misma,
lo seguiría necesitando?
lo seguiría necesitando?
¿No ha querido nunca
acabarlo?
¿Ni siquiera cuando
empezó?
¿Darles esa oportunidad,
aunque se quede sin trabajo?
Señor diputado.
yo no me lo trago.
Todo el beneficio cae del
mismo lado.
Mantener la jerarquía de
esclavos.
No diga que lo hace por
mí.
Que juntos podemos
conseguirlo.
Yo no lo quiero.
Yo no lo he votado.
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