martes, 14 de noviembre de 2017


Carta al señor diputado del Congreso

Señor diputado.
Usted no me conoce.
Pero, hoy lo he visto por la televisión.
Procuro no verla demasiado.

Le he escuchado.
Ha acabado por aburrirme como siempre.
La guerra del patio.
Las peleas de gallos.
Lo ha vuelto a hacer arropado por su bancada.
Ahí, estaba usted con su contrastada hoja de datos.
Hablando sin decir nada durante horas.
Su boca se movía pero no salían palabras.
Paraba para beber y escuchar los aplausos.

¿De verdad, piensa lo que dice?
¿Lo siente?
¿Le importa?
¿Se lo cree?
¿Por qué no deja de leer?
¿Por qué no lo intenta, aunque sea una sola vez?

¿Acaso no puede?
¿Es que no sabe?
Sea generoso.
En eso consiste.
No en sacarse fotografías con los colectivos y marginados.

Señor diputado.
Le confiaré algo.
Yo también he tenido un sueño.

Su palacio era derruido
y volvía afuera conmigo.
Lo primero es buscar comida y un refugio.
Ahí, tiene su contenedor de basura.
El dinero ya no sirve.
No podrá pagar a otro para ensuciarse.
Tendrá que remangarse y utilizar las manos.
¿Se acuerda de cómo se hace?

Parece que su delicada fragancia ha empezado a abandonarle.
Descuide, no será lo último en irse.

Señor diputado.
Déjelo ya.
¿No se da cuenta?
¿No lo ha pensado alguna vez?
¿Qué ahí puede estar el problema?
¿Cree que, si la gente fuese dueña de sí misma,
lo seguiría necesitando?
¿No ha querido nunca acabarlo?
¿Ni siquiera cuando empezó?
¿Darles esa oportunidad, aunque se quede sin trabajo?

Señor diputado.
yo no me lo trago.
Todo el beneficio cae del mismo lado.
Mantener la jerarquía de esclavos.
No diga que lo hace por mí.
Que juntos podemos conseguirlo.

Yo no lo quiero.
Yo no lo he votado.


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